Tiempo
atrás, en las lejanas tierras de Grañeda, una humilde jovencita de 12 años
vivía junto a sus padres. Elena, como se llamaba la niña, era una pequeña muy
curiosa y a quien le fascinaba la lectura, en especial, si de aventuras, hadas,
duendes o criaturas mágicas se tratara.
Un día, luego de almorzar, Elena se
dirigió a la estantería, donde almacenaban centenas de libros, ojeó unos
cuantos, cuando como una iluminación del cielo, uno de ellos cayó al piso. Ella
lo cogió y con tan solo leer el título de la obra, quedó encantada de ella.
La pequeña salió de su hogar en dirección
a un riachuelo aledaño, un lugar hermoso y muy pasivo donde cada tarde pasaba
su tiempo libre. Cuando llegó, se sentó a un lado del río y comenzó la lectura.
En un principio le parecía un tanto simple, pero al cabo de un rato, el libro
empezó a decir palabras extrañas, en lenguas exóticas y algo tenebrosas, cosa
que causaba gran interés en Elena.
Se hacía tarde y la joven decidió tomar un
descanso. Agarró unas piedras y fingió estar haciendo una clase de magia,
citando al mismo tiempo una de las frases que había leído, observó su reflejo
en el agua y sin notarlo, esta comenzó a cambiar repentinamente de color y en
cuanto miró a su alrededor, se encontraba en otro lugar, junto a unos caballos,
en algo que parecía un desierto, con árboles desnudos y secos, con un suelo muy
desgastado y árido, y un cielo anaranjado que generaba un ambiente de gran
temor.
Elena no sabía qué hacer, tan indecisa estaba
que ni se dio cuenta y ya corría sobre un caballo, guiando a toda la manada.
Luego de montar durante varios minutos,
vio a lo lejos, una casa que parecía estar abandonada. Se detuvo allí y después
de pensarlo un poco decidió entrar, pues se hallaba cansada y con mucha hambre.
Ya adentro, notó que el sitio estaba muy limpio a pesar de que no había nadie,
cosa que para la joven era muy raro.
Mientras Elena observaba las habitaciones,
un objeto de una belleza y resplandor enorme, llamó demasiado la atención de
ella. Era una especie de caja diminuta, de color dorado y que en cuanto la niña
abrió, un destello enceguecedor llenó el cuarto. Cuando este se detuvo, miró al frente, una
señora vieja y fea se encontraba ahí. Elena asustada le preguntó qué hacía
allí, y la anciana con un tono muy firme dijo: Fé. La jovencita volvió a
interrogarla, pero sólo recibió la misma respuesta, aunque ahora la señora
agregó: Anda al sótano, encontrarás lo que necesitas.
Algo confundida, la humilde chica, optó
por obedecer a la anciana y fue al sótano. Estando ya en el, Elena no tenía ni
la más mínima idea de qué era lo que debía buscar, pero sin embargo emprendió
su búsqueda.
De repente, una sutil vibración empezó a
hacerse mas y mas fuerte, por lo que Elena en el intento de subir las escaleras
cayó y sobre ella, como por arte de magia, una gran piedra que aplastaba su
pierna por completo y le impedía salir de aquel sitio. Por más que gritó
desesperada, nadie acudía a su llamado, lo que generó un ambiente de gran
tensión. La pequeña cerró los ojos y, recordando las palabras de aquella señora
solo tuvo Fé. Al abrirlos estaba nuevamente en Grañeda, junto al riachuelo. Se
puso de pie y en el suelo encontró una nota que decía: “Solo ten Fé…”.