viernes, 20 de abril de 2012

Mágica esperanza


     Tiempo atrás, en las lejanas tierras de Grañeda, una humilde jovencita de 12 años vivía junto a sus padres. Elena, como se llamaba la niña, era una pequeña muy curiosa y a quien le fascinaba la lectura, en especial, si de aventuras, hadas, duendes o criaturas mágicas se tratara.
     Un día, luego de almorzar, Elena se dirigió a la estantería, donde almacenaban centenas de libros, ojeó unos cuantos, cuando como una iluminación del cielo, uno de ellos cayó al piso. Ella lo cogió y con tan solo leer el título de la obra, quedó encantada de ella.
     La pequeña salió de su hogar en dirección a un riachuelo aledaño, un lugar hermoso y muy pasivo donde cada tarde pasaba su tiempo libre. Cuando llegó, se sentó a un lado del río y comenzó la lectura. En un principio le parecía un tanto simple, pero al cabo de un rato, el libro empezó a decir palabras extrañas, en lenguas exóticas y algo tenebrosas, cosa que causaba gran interés en Elena.
     Se hacía tarde y la joven decidió tomar un descanso. Agarró unas piedras y fingió estar haciendo una clase de magia, citando al mismo tiempo una de las frases que había leído, observó su reflejo en el agua y sin notarlo, esta comenzó a cambiar repentinamente de color y en cuanto miró a su alrededor, se encontraba en otro lugar, junto a unos caballos, en algo que parecía un desierto, con árboles desnudos y secos, con un suelo muy desgastado y árido, y un cielo anaranjado que generaba un ambiente de gran temor.
     Elena no sabía qué hacer, tan indecisa estaba que ni se dio cuenta y ya corría sobre un caballo, guiando a toda la manada.
     Luego de montar durante varios minutos, vio a lo lejos, una casa que parecía estar abandonada. Se detuvo allí y después de pensarlo un poco decidió entrar, pues se hallaba cansada y con mucha hambre. Ya adentro, notó que el sitio estaba muy limpio a pesar de que no había nadie, cosa que para la joven era muy raro.
     Mientras Elena observaba las habitaciones, un objeto de una belleza y resplandor enorme, llamó demasiado la atención de ella. Era una especie de caja diminuta, de color dorado y que en cuanto la niña abrió, un destello enceguecedor llenó el cuarto.  Cuando este se detuvo, miró al frente, una señora vieja y fea se encontraba ahí. Elena asustada le preguntó qué hacía allí, y la anciana con un tono muy firme dijo: Fé. La jovencita volvió a interrogarla, pero sólo recibió la misma respuesta, aunque ahora la señora agregó: Anda al sótano, encontrarás lo que necesitas.
     Algo confundida, la humilde chica, optó por obedecer a la anciana y fue al sótano. Estando ya en el, Elena no tenía ni la más mínima idea de qué era lo que debía buscar, pero sin embargo emprendió su búsqueda.
     De repente, una sutil vibración empezó a hacerse mas y mas fuerte, por lo que Elena en el intento de subir las escaleras cayó y sobre ella, como por arte de magia, una gran piedra que aplastaba su pierna por completo y le impedía salir de aquel sitio. Por más que gritó desesperada, nadie acudía a su llamado, lo que generó un ambiente de gran tensión. La pequeña cerró los ojos y, recordando las palabras de aquella señora solo tuvo Fé. Al abrirlos estaba nuevamente en Grañeda, junto al riachuelo. Se puso de pie y en el suelo encontró una nota que decía: “Solo ten Fé…”.
  



  



   

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